Welcome to politic show

Esta semana tuvimos el último de los tres debates televisados entre la candidata demócrata Hillary Clinton y el republicano Donald Trump. Mientras los medios determinaban quién de los dos había “ganado”, no deja de ser al menos cuestionable esta idea de instalar la política como show, donde las grandes cadenas hacen su negocio a costa de un empobrecimiento preocupantemente de lo político, la política, su contenido y de un real debate de ideas y de proyectos.

En la historia contemporánea de los Estados Unidos, esta práctica se ha vuelto una marca de su cultura política desde aquel primer debate que definió la interna demócrata entre John Fitzgerald Kennedy y Hubert Humphrey en 1960. La pregunta que uno debe hacerse es si esta puesta en escena, donde todo está pactado de antemano entre ambos contrincantes, donde hasta los discursos y hasta el más mínimo gesto practicado son producto de asesores para así sortear y defenderse de las chicanas de su rival, es realmente un debate o sólo obedece a la mercantilización de la democracia liberal en la cual prima la imagen en detrimento de las propuestas y proyectos concretos.

Ahora bien, si nos avocamos particularmente al debate Hillary-Trump se pudo observar como lo que sobresalió fueron las chicanas personales, ni siquiera políticas, mediadas por las palabras justas en cada una de las temáticas pautadas y que a su vez van retroalimentando otro formidable negocio: el de las encuestadoras.

Si algo de lo que estamos seguros es la capacidad del capitalismo en convertir todo aquello que hace a la vida del hombre en mercancía y en un todo medible, en la cual la política demócrata liberal ya no parece ser ni por asomo la excepción a esta regla. Es que todo está permitido por unos votitos más y atraer a ese mercado electoral que compra al mejor envase donde poner sus prerrogativas dependiendo muchas veces del marketing.

Es que si bien, como pasa en gran parte de las democracias representativas donde uno tiene un núcleo duro de votantes de cada una de las fuerzas en disputa, las tecnologías políticas van a la caza de la figura del indeciso que, gracias a este sistema, pueden orientar para un lado o para otro su voto entre las dos opciones que ofrece la democracia bipartidista y de voto indirecto estadounidense.

Para finalizar, cabe preguntarnos si, acaso, este tipo de debates garantiza una puesta en discusión acorde al lugar que representan o pretende representar cada uno, y algo más impredecible aún es si el ganador será un gobierno para las minorías o mayorías.

Es verdad que las tecnologías imponen nuevas formas a la política, pero no creo que sea esta la más adecuada para plasmar plataformas electorales a medias, ideas generales o simples buenas intenciones. Más aún, sabiendo que los que están en disputa fueron los que más dinero recibieron en sus campañas por partes de empresas que también hacen su juego.

 

Por Valentín Steimbreger

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