Sube la imagen de Lula en un Brasil paralizado

Tras asumir la presidencia el 31 de agosto pasado, luego del Golpe Institucional contra el gobierno democráticamente electo de Dilma Rousseff del Partido de los Trabajadores, Michel Temer enfrenta una situación en la cual en los aspectos económicos, sociales y políticos del país, no parece avizorarse un futuro de mejora alguna.

Desde el comienzo del juicio político en el 2015 donde el gobierno de la ex mandataria estuvo prácticamente paralizado, la pobreza empezó a crecer después de 10 años y el desempleo sigue un rumbo similar. Todo esto en una economía en resección y con políticas bien de corte liberal, con recortes de gasto y ajustes que no hacen más que profundizar un descontento social que va en aumento pero es invisibilizado por las grandes corporaciones mediáticas y al cual desde el gobierno se le responde con mayor represión.

Hay que sumarle los casos de corrupción que hacen aún más complicado utilizar el adjetivo “legítimo” para este gobierno. Es que no son casos aislados de corrupción, sino la corrupción apoderada del Estado mismo. Caso emblema de esta dinámica es el Lava Jato, en la que se investiga el desvío ilegal de fondos millonarios de la petrolera estatal Petrobras a través de varias empresas contratistas, con el objeto de financiar campañas electorales y beneficiar a políticos y ejecutivos por igual. Por ende, se ha convertido en una trama que salpica a toda la clase política de Brasil.

Si bien, Dilma niega rotundamente haber recibido aportes ilegales de la constructora Odebrecht o de laguna otra para sus campañas electorales, declaró que ya no se iba a presentar a ningún cargo electoral futuro pero pidió el apoyo para Lula para poder recuperar los beneficios sociales que el gobierno actual ha eliminado, y seguirá haciéndolo.

No es casual entonces que esta semana la ex mandataria fuera destacada en un foro en Ginebra por la reducción de la pobreza durante su gobierno y el de Lula. Y mientras eso ocurría, Temer inaugure una mega obra hídrica que beneficiará a un empobrecido noreste brasilero, pero con la salvedad que la misma haya sido iniciada en el periodo de este último.

Al negar los cargos por obstrucción a la Justicia imputados en su contra, Lula afirmó que respalda las investigaciones por la operación Lava Jato, pero “siempre que vaya al fondo de la corrupción, sin execrar a las personas”. También pidió que se presenten pruebas en su contra. La embestida judicial y mediática ahora se hace mucho más comprensible y es que Lula tiene muchas chances de volver a la presidencia en las elecciones del 2018.

Como sabemos, el objetivo del golpe contra Dilma no fue otro que la vuelta al poder de la restauración neo-conservadora de un Brasil para pocos. “Nunca pensé que poner un plato de comida en la mesa de un pobre generaría tanto odio de una elite harta de tirar comida a la basura”, decía Lula.

Es que si, despierta odio. Un odio de clase.

Por Valentín Steimbreger

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