Lo que dejaron las elecciones legislativas nacionales de octubre

Por Francisco Camino Vela

Estamos de fiesta. Tras treinta años de democracia, los ciudadanos se acercaron nuevamente a las urnas para elegir representantes políticos sin que la posibilidad de otra alternativa de acceso al poder que no sea el voto asome por ninguna parte. Esta conversión del acto electoral en rutina es un gran logro de la democracia argentina al que hay que seguir sumándole otros, los sustantivos, los que traen equidad, inclusión y ciudadanos más plenos, algo que uno reconoce en el desarrollo de la última década.

Dicho esto y cuando uno se dispone a analizar el resultado de cualquier elección política, es necesario tener en cuenta que es lo que se puso en juego en la misma. Sin dudas el eje principal que estructuró la oferta política fue la defensa o la defección en relación al kirchnerismo y a su modelo de país y de comprensión de la propia política. La continuidad de la “década ganada”, vía la gobernabilidad que ofrece un legislativo favorable, se enfrentaba a los cambios de rumbo que desde diferentes opciones, sobre todo desde el centro a la derecha, se pusieron en juego. Así fue entendido por la ciudadanía y expresado en fuerzas políticas diferentes según los distritos.

A esto hay que sumarle un condimento más, el clima de fin de ciclo que esforzadamente la oposición en su conjunto, incluso la que salió de sus propias entrañas recientemente, más los caducos monopolios mediáticos, se esmeraron en presentar ante la imposibilidad de reelección de la Presidenta de la República, e incluso aprovechando su ausencia por licencia médica. De esta manera, y a diferencia de otras elecciones de medio término, en estos comicios se ponía en juego la posibilidad de competir por la presidencia dentro de dos años, por la sucesión del sillón vacante que dejará Cristina Fernández. Así lo entendieron rápidamente Mauricio Macri y Sergio Massa, entre otros.

No obstante, el resultado electoral admite valoraciones dispares. El kirchnerismo perdió los grandes distritos, pero conservó sus aspiraciones legislativas con el apoyo del interior del país, en un federalismo de resultados que acompañó su gestión de inclusión nacional. De esta manera, lo que le quitaron las grandes ciudades se lo prestó el resto del país, pudiendo preservar legisladores suficientes en las dos cámaras.

Por otra parte, muchos líderes opositores, triunfantes en sus distritos, celebraron también los resultados alistándose velozmente en la carrera presidencial, caso del líder del PRO, que lo hizo explícito el mismo día, y del líder bonaerense del Frente Renovador. Sin embargo, conviene recordarles a estos dos dirigentes que hay que conservar esos votos durante dos años y que esa empresa no es tan fácil. Vasta revisar la experiencia de Francisco de Narváez, con su triunfo del 2009 y su exiguo caudal electoral en términos comparativos en 2013, sin haber construido una alternativa previa para el 2011. Tampoco el control del electorado de clase media y alta urbana es garantía de éxito final para la búsqueda del poder ejecutivo. Pueden consultar a la apocalíptica Carrió para este particular. Y esto es un dato fundamental ya que la treta mediática opositora de leer resultados futuros para las presidenciales con datos del presente legislativo ha sido desmentida una y otra vez en nuestra historia reciente.

Estas elecciones dejan sí perfilados claramente tres bloques. En primer lugar y con una pequeña luz respecto al resto, el kirchnerismo, con algo más de un tercio promedio de los votos, las desventajas de una prolongada gestión y la ventaja de seguir convirtiendo en acciones su prédica política. En segundo lugar, dos opciones de centro derecha, que alcanzaron a unirse muy brevemente en estos comicios, la liderada por Massa y su Frente “Renovador”, y Macri al frente del PRO, esforzados ambos en construir a nivel nacional por afuera de sus distritos naturales, la provincia y la ciudad de Buenos Aires. En tercer lugar el o los radicalismos más el socialismo santafesino, que incluye a Julio Cobos en Mendoza, a Hermes Binner en Santa Fe, y también a los candidatos de UNEN en la capital federal, entre otros. El 15% de los votos restantes se repartieron en otras y diversas opciones. Hay que señalar también el crecimiento de la izquierda a nivel nacional, cuya explicación merece un análisis específico.

También y como era de esperar, se abrió en el oficialismo la carrera sucesoria, como lo muestra las pretensiones del senador rionegrino Miguel Pichetto de hacer valer su casi 50% de los votos e incluirse en la fórmula presidencial como vice, lo que nos acerca al análisis de la otra provincia de la Patagonia norte.
Neuquén estructuró su oferta política en base a su pertenencia o cercanía con el gobierno nacional, o su firme rechazo. Pero a esto le añadió, desde las propias PASO, un premio mayor, la lucha por la gobernación de la provincia al interior del Movimiento Popular Neuquino que viene ganando todas las elecciones ejecutivas provinciales desde antes incluso del retorno democrático. En este marco, el altísimo porcentaje obtenido y la victoria en la interna del dirigente petrolero y confeso antikirchnerista, Guillermo Pereyra, supuso una derrota de la línea de Jorge Sapag, de sus pretensiones de dirigir la sucesión en 2015, y una complicación para la gobernabilidad provincial de los próximos dos años.

En consecuencia, evaluar las elecciones neuquinas obliga a tener en cuenta esta disputa abierta de poder al interior del partido provincial. Sólo así puede comprenderse la pérdida de más de cincuenta mil votos del MPN entre las PASO y las elecciones definitivas, y el destino prioritario hacia el Frente para la Victoria, que le permitió sumar un diputado y un senador a las huestes de la Presidenta. Para ello también fue relevante que la concentración de voto útil antikirchnerista que le aportó sufragios a Pereyra en las elecciones internas, tuvieron ahora destinos más claro.

En el terreno de los ganadores hay que mencionar al viejo líder petrolero que aún con la pérdida partidaria total de votos, aumento su caudal en relación a las internas y parece que tiene pretensiones de convertirse con 72 años en el próximo gobernador neuquino. Los candidatos kirchneristas, Nanci Parrilli y Marcelo Fuentes, terminaron agregando más de 30.000 votos en la elección definitiva y cumplieron con su parte accediendo a las bancas en juego.

Por el contrario, el gran perdedor de la jornada resultó ser el partido del intendente neuquino, Horario Quiroga, cuyo juego de alianzas históricas cruzadas, su rol municipal y su falta de posicionamiento en estas elecciones, le propinó una dura derrota. En la primera competencia en elecciones nacionales de la fuerza que dirige, cosechó magros resultados, lo que complica las eternas aspiraciones del intendente por hacerse con la gobernación de la provincia.

En suma, Neuquén aportó al proyecto nacional dos nuevos legisladores, y el Movimiento Provincial Neuquino ganó una vez más, pero no nos olvidemos de dos fotos fundamentales. Una exhibió a Pereyra con Hugo Moyano, antiguo compañero de los kirchner y ahora embarcado en una construcción política de exiguos resultados, tanto como para venir a festejar en Neuquén una victoria electoral de un partido que no llega al 1% del total del país. Y la otra foto, mucho más aterradora, abre en el ámbito provincial una puerta compleja a un indeseado retorno. El festejo de Pereyra y Lucila Crexell fue antes que nada con el presidente del partido y aliado directo de ellos, fue con Jorge Omar Sobisch, no nos olvidemos.

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