La larga agonía del golpe anunciado

Por Bruno Dobrusin

61 senadores, mayoría hombres, blancos, conservadores, y muchos investigados por casos probados de corrupción, terminaron esta semana con el mandato legítimo de Dilma Rousseff. Ya la suerte estaba echada desde el momento en el que se aprobó el comienzo del juicio. No importó que no había pruebas sobre el supuesto crimen fiscal, ‘de responsabilidad’, cometido por Dilma. No importó que la comisión técnica del Senado encargada de investigar los crímenes decretó que no había razones para involucrar a la presidenta en esos casos. No importaron tampoco la conmoción nacional e internacional, las movilizaciones ni los intentos de negociación hasta último momento llevados adelante por Lula en persona. La decisión ya estaba tomada.

Para la elite brasilera, era necesario “volver a la normalidad”. En esa normalidad, las trabajadoras domésticas no tienen derechos, los negros no acceden a la universidad y los trabajadores tienen que ser sumisos ante la voluntad del patrón. El Estado de excepción en esos aspectos habían sido los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT).

Lo que en Brasil se conoce como la bancada BBB (por biblia, buey y bala) ya había dado un espectáculo nefasto durante la votación contra Dilma el pasado abril en la cámara de diputados. Esta bancada domina las dos cámaras, y su denominación se refiere a los diputados que se agrupan en bancadas evangélicas, quienes representan a los agronegocios y por último una bancada especialmente problemática en el sistema democrático, como es la de ex-policías y militares retirados.

Uno de estos diputados, Jair Bolsonaro, pegó un salto a la fama defendiendo la actuación de los militares durante la dictadura, votando contra Dilma Rousseff en nombre del general que comandaba la unidad de tortura por donde pasó la presidenta. El miércoles coronó su actuación histórica de este año con una frase equiparando 1964 (comienzo de la última dictadura militar en Brasil) con 2016.

Con contradicciones permanentes, pero con una línea clara de mejorarle la calidad de vida a los más humildes, los gobiernos del PT significaron un avance innegable en la dignidad de los pobres. Lo que se viene es preocupante. El gobierno de Temer, sin mujeres en su gabinete y dominado por millonarios, va a proponer una fuerte contraofensiva sobre derechos adquiridos. La conversación corriente entre los movimientos populares es que terminado el impeachment, ahora la batalla será por la constitución del 88, una de las reformas más progresistas de la región. Esperan proyectos de ley antisindicales, recortes en programas de salud y educación y seguramente un proyecto de privatización de los campos que controla Petrobras. Un panorama difícil, pero en el que la resistencia ya se está armando. Llegando a San Pablo, entre la conmoción por la represión del miércoles, pude leer sobre la marginal del río Tiete grandes pintadas: ‘Fuera Temer, Elecciones Generales Yá’. Ojalá que esas pintadas anónimas indiquen el camino.

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