Justicia social y fe: la posición de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina acerca del aborto

Por Patricia Fernández

Apoyar la interrupción voluntaria del embarazo no nos lleva a promover el aborto sino a entender que las mujeres deciden sobre su cuerpo. Condenar a quienes toman esta decisión es seguir arrojando a miles de mujeres a la oscuridad del aborto clandestino.

 

En estos últimos meses la agenda política y social ha colocado una vez más el tema de la interrupción voluntaria del embarazo en el centro de las discusiones. Cuando un tema está en la agenda, se habla de él en todas partes. Aparece fuertemente en los medios de comunicación masiva y en las redes sociales, y comenzamos también a hablar de él en la casa, en la escuela, en los comercios, en la cola del banco, en el club, y también, por qué no reconocerlo, en la iglesia.

Este tema viene a desempolvar una vez más las discusiones que cada tanto reaparecen, y que se reeditan en forma de nuevos y viejos argumentos, nuevas y viejas estadísticas, nuevas y viejas anécdotas que la mayor parte de las veces apela no tanto a la racionalidad sino al morbo y a la moralina. Se tiende a poner en primer plano la imagen del aborto y se comienza a desdibujar la complejidad de las problemáticas tan acuciantes como el machismo, la violencia de género, la educación sexual integral y el control que el sistema social patriarcal ejerce sobre las mujeres obligándolas a un solo proyecto de vida posible.

Hace unos días, a propósito de las discusiones parlamentarias y de los diferentes argumentos compartidos dentro de la comisión que estaba trabajando en el proyecto de la despenalización del aborto, en la Iglesia Metodista surgió la conversación, y muchos y muchas coincidimos al opinar que el eje no estaba en el sí o en el no del proyecto o del aborto, sino en que vivimos en una sociedad hipócrita que no desea remover la tierra de debajo de la alfombra: es preferible negar un problema y esperar a que desaparezca o que nos acostumbremos a ignorarlo, a tomarlo en toda su complejidad e intentar buscar salidas y respuestas, tanto desde lo político como desde lo que nos propone el Evangelio.

Nuestra iglesia ha expresado en más de una ocasión una postura que la ha diferenciado de otras expresiones evangélicas. En el año 2011, cuando el tema fue también abordado en discusiones parlamentarias, nuestro entonces obispo Frank de Nully Brown escribió en una carta que fue publicada en Página 12 “La realidad del aborto no se resuelve penalizando a la mujer que lo practica y dejando de lado la responsabilidad del varón; porque el problema no es sólo de las mujeres, es un problema de todos. Poner el tema en su adecuado contexto lleva a considerar el reclamo de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo y, por otro lado, a abordar el sufrimiento de muchas mujeres desprotegidas”.

Néstor Míguez, presidente de Federación Argentina de Iglesias Evangélicas y pastor de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina, expuso ante la comisión que trabajó el proyecto el pasado 17 de mayo, indicando que “las situaciones complejas no se resuelven en un sí o en un no, sino en la consideración de esa misma complejidad”, expresando así que estas leyes deben complementarse con un acompañamiento integral, tanto para la decisión de abortar como la de seguir adelante con un embarazo.

Por su parte, el actual obispo Américo Jara Reyes señaló que “Nuestra mirada evangélica afirma que la vida toda es don de Dios y ello nos hace reticentes a apoyar el aborto. Pero también es cierto que respetamos el sentido sagrado de la vida y el buen vivir de la mujer, para quien un embarazo inaceptable puede ser devastador (…). Ninguna mujer aborta gustosamente, todas son expuestas a un daño psíquico, fisiológico y social. Afrontan un dilema ético, psicológico y la penalización empuja a una mayor clandestinidad, tantas veces riesgosa, en condiciones (insalubres), sin seguridad alguna, que puede terminar en la muerte.”.

La magister en Escrituras Bíblicas María de los Ángeles Roberto, también metodista, expresó también ante el Congreso el pasado 17 de abril, ante un auditorio que la aplaudió sorprendido: “hay un Jesús que rompió todas las legislaciones de la época porque hablaba con las mujeres, las curaba y las entendía cuando nadie en ese momento nadie lo hacía. A este Jesús es muy posible imaginarlo hoy en la calle con el pañuelo verde al cuello agitando junto con todas nosotras en las veredas del Congreso cada martes y cada jueves preguntándoles a ustedes, señoras y señores diputados: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿ninguno te condenó? Yo tampoco te condeno.”

El movimiento metodista, surgido al calor de la revolución industrial, bregó desde el siglo XVIII por la justicia social: trabajadores, desempleados, granjeros, esclavos, pueblos originarios, lo más humildes siempre fueron aquellos a los que el pueblo metodista se sintió llamado a acompañar. Fomentando en los primeros años la organización de sindicatos, talleres, escuelas, planes de vivienda, imprentas, y siendo sus fundadores destacados pensadores que escribieron condenando la trata de personas, el enriquecimiento a costo del sufrimiento ajeno, la explotación; es un pueblo que ha entendido que entre los desafíos del siglo XXI se encuentra el de acompañar colectivos que hasta ahora han sido ignorados: las mujeres y el movimiento LGBTTTQI.

Como mujeres metodistas, creemos que el día en el que realmente alcancemos la equidad de género, no veremos atropellados nunca más nuestros derechos sexuales, reproductivos, económicos, sociales, políticos, ciudadanos. Ese día, el día en el que no suframos los embates de la violencia de género ni del machismo, el día en que la educación sexual integral sea una realidad para todas y todos, no será necesario hablar sobre los derechos de la mujer ni sobre el aborto, porque la maternidad no será una realidad ante la cual tomar una decisión: será una elección. Desde nuestro lugar de fe, nos comprometemos con la deconstrucción de la desigualdad y la reconstrucción de la dignidad humana. Apoyar la despenalización, promover el acceso a la salud integral y acompañar cada decisión, serán nuestro aporte a la convivencia, en un cotidiano de igualdad, generador de nuevas alternativas de relaciones de género y de replanteo comprometido de políticas públicas y de participación y gestión social, en favor de la vida a la que nos convoca el Evangelio.

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