El infierno de la deuda

Por Gerardo Burton – geburt@gmail.com

Se fue Prat Gay, como por tirante. Entraron Nicolás Dujovne y Luis Caputo para profundizar el modelo neoliberal -y el endeudamiento con los organismos internacionales como el FMI-. Con esto, se consolidará en la Argentina el arte de ganar dinero a cambio de dinero, eso que Aristóteles denominaba crematística. Quedará en un segundo plano la economía entendida como la administración de los recursos de la comunidad para que cada vez más puedan vivir bien. El bienestar general, en realidad.

Yanis Varoufakis, que fue ministro de Finanzas de Grecia en el primer tramo del mandato de Alexis Tsipras -enero a julio de 2015- considera que “la deuda se ha convertido en el combustible de la revolución industrial: creó mucha riqueza, pero también mucha infelicidad. La deuda es, para nuestras sociedades, lo que el infierno para el cristianismo, algo tan necesario como desagradable”.

En su libro “Economía sin corbata”, el ex funcionario que asumió con el triunfo de Syriza y negoció a cara de perro con la troika europea -la Unión Europea, el FMI y el Banco Mundial- hasta que tuvo que irse, establece un principio que rige la economía de estos días: los países piden dinero prestado a futuro. Esto significa usar hoy dinero que no se tiene con el compromiso de devolverlo junto con los altos intereses más adelante, cuando se restablezcan -o se produzcan- esos factores de riqueza que hipotéticamente se lograrán con la aplicación de las medidas de austeridad que exigen los centros financieros al prestar su dinero. Pero el banco tampoco tiene ese dinero que presta, es decir, lo presta pero se hace rico con los intereses que, supone, percibirá.

Ese libro, que Varoufakis escribió como cartas a su hija de 15 años, explica que en las sociedades actuales, los poderosos -entre ellos el poder financiero- se resisten a pagar impuestos, retenciones o regalías y enfrentan a los estados en esta lucha económica. Ante la caída de la recaudación -sea por evasión o por reformas tributarias regresivas en las que la carga fiscal recae sobre los más pobres y los consumos y no sobre los excedentes de la renta, la riqueza o los ingresos altos- los estados deben endeudarse para financiar la obra pública, para cumplir con sus funciones esenciales -atención de sus programas sociales, salud, educación y seguridad- y, además, garantizar su funcionamiento institucional. Eso genera -o aumenta- el déficit fiscal.

En esta parte del círculo entran de nuevo los banqueros, que se fortalecen más al prestar al estado, con intereses, lo que éste necesita: precisamente ese mismo capital que el poder financiero, industrial, agro ganadero y empresario se niega a entregar pagando impuestos. El riesgo a futuro es que el sistema quiebre, con lo cual los poderosos van a recurrir nuevamente al estado para que se haga cargo de pagar los platos rotos.

Este círculo, nada virtuoso, estalló en la Argentina en 2001. Este círculo recomenzó, como si fuera un eterno retorno, hace poco más de un año. Y en este diciembre de 2016 empezaron a caerse algunas máscaras en el “mejor equipo de los últimos 50 años”.

Pero, como dicen Peña Braun y el sofista Rozitchner, mejor es estar entusiasmado que tener un pensamiento crítico, que, como todo el mundo sabe, hace un daño terrible.

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