EL 9 DE JULIO EN LA CONSOLIDACIÓN DE LA SOBERANÍA NACIONAL

Por Lic. Gustavo Baeza
En un artículo reciente que escribí para el 25 de mayo pasado, hacía referencia a que tanto esta fecha, como la del 9 de julio de 1816, constituían 2 momentos importantes de nuestra conciencia nacional: “Nos los representantes de las Provincias Unidas de Sud-América, reunidos en congreso general (…) declaramos solemnemente a la faz de la tierra , que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias, romper los violentos vínculos que la ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del Rey Fernando I, sus sucesores y metrópoli y quedar en consecuencia de hecho y de derecho con amplio y pleno poder para darse las formas que exija la justicia e impere el cúmulo de sus actuales circunstancias.” Si el 25 de mayo tiene que ver con la revolución y la reafirmación del espíritu de soberanía, que había asomado en los habitantes del Plata entre 1806 y 1807 a instancias de las invasiones inglesas, este segundo momento del 9 de julio de 1816 es un nudo histórico que debe ser analizado con detenimiento.
Lo que viene sucediendo en estos fundacionales años de la patria, es el acrecentamiento de la legitimidad política merced a lo actuado por los revolucionarios de Mayo en los campos de batalla de la mano de la genialidad política y militar de San Martín, Manuel Belgrano, su gran compañero, el leal General Güemes, la heroicidad de Juana Azurduy y todo un pueblo en armas, conducido hacia la liberación. Pero nada es lineal en la historia de la humanidad. Justamente, lo que ocurre 6 años después del 25 de mayo de 1810, un 9 de julio de 1816, es la reafirmación inevitable (y necesaria) de un proceso histórico que lleva 6 años de marchas y contra marchas, y que precisa cristalizar algunos logros para asentarlos sobre bases institucionales y legales, que confieran legitimidad soberana al proceso. Por todo esto decimos que es un momento importante de nuestra conciencia nacional, en tanto es definitorio de algunas incertidumbres. Aquellas de las que se quejaba San Martín, quien exigía con insistencia desde 1812, que las Provincias Unidas de una vez por todas se declarasen independientes. ¿Cómo es posible -cito de memoria al libertador- que acuñando moneda, habiendo creado una bandera, teniendo escudo, y luchando contra los ejércitos de España en suelo americano a diario, todavía no hayamos declarado la independencia- se quejaba el prócer en sus misivas.
Pero el 9 de julio tiene una contracara notable con respecto a las ideas políticas de los revolucionarios que destacábamos más arriba. En 1813, tres años antes y desde Buenos Aires, se lanza la convocatoria para la de la Asamblea del año XIII, la cual tenía por objeto: declarar independencia; establecer los límites políticos y geográficos de las Provincias Unidas de América del Sur; y dictar una constitución que rija los destinos de la nueva nación Suramericana, entre otras importantes misiones. Pero bien temprano empezaron los problemas, cuando los porteños, hacendados, comerciantes, algunos miembros del clero, con el apoyo de otros sectores elitistas, se oponen de ante mano al ingreso a esta Asamblea de los delegados de la Banda Oriental. Ausente entre las firmas del Acta de Independencia están las Pcias de Santa Fé; Córdoba; Entre Ríos; Corrientes; y La Banda Oriental. Terminarían estas provincias –y en razón de justos argumentos- conformando una estructura política alternativa: La liga de los Pueblos Libres que regirá con mayor o menor efectividad, a las mencionadas provincias, entre los años 1815 y 1820 aproximadamente. Sectores elitistas, vinculados al mercantilismo mundial y con aspiraciones de convertirse tanto en proveedores de materias primas para los británicos, como en facilitadores y socios de la “libertad de comercio” de su majestad británica por los ríos internos de América del Sur, se opusieron con tenacidad a los objetivos más caros de la Asamblea del Año XIII. Los libertadores de América, Bolívar, San Martín a la cabeza, creían como indispensable la unidad continental de América del Sur como condición necesaria para la libertad y el bienestar del pueblo. La condición mínima para ese proyecto era la conservación de los límites de los antiguos virreinatos. Es decir, trasladar la autoridad y legitimidad de las nuevas naciones, liberales y revolucionarias a todos los márgenes de las viejas estructuras virreinales, para impedir que cada puerto se convierta en la cabecera de una nueva patria chica. La Patria Grande era el horizonte de los libertadores. Belgrano, genio político, acercó a la Asamblea del XIII un proyecto de constitución que contenía la continuidad jurídica sobre todo el viejo virreinato y más, léase: Bolívia, Paraguay, Argentina, La Banda Oriental y el Perú; cuya capital debía ser el Cuzco en Perú, y que debiera sostener una forma representativa republicana, encabezada por una monarquía que debía reivindicar un linaje americano: el de los Inca. Un Rey Inca para las Provincias Unidas de Sudamérica. El espíritu de patria grande se haya impreso en denominación misma con la que habría de asumir la independencia nuestro pueblo. No era descabellada la idea de un rey Inca –como se encargara de propalar por todas las aulas la versión liberal conservadora, de Mitre en adelante- ypor diversas razones, en primer lugar; las ideas liberales europeas, no habían podido derrotar en el mundo a las monarquías más allá de los límites de Francia, y las vetusta nobleza absolutista, empezaba a dar estratégicas concesiones a los liberales, que a fin de cuentas no tendrían mayores efectos que futuras rebeliones populares. En segundo lugar, y tan importante como lo anterior, la reivindicación dinástica en torno al linaje de los Tupac Amaru, constituía en sí, un importante factor de cohesión cultural, política y social dentro de los descendientes incas en todo el Perú, gran parte del Alto Perú –actual Boliva- y la zona del Noroeste argentino. Esta cohesión, había pervivido el oprobio y humillación de los españoles conquistadores. Y en tercer orden, finalmente, estaba fresca en la memoria de los americanos, la Revolución comandada por José Gabriel Tupac Amaru, que hiciera temblar los cimientos de la revolución apenas 30 años atrás en 1780. Elementos de probada veracidad histórica y simbólica (el escudo nacional, el sol de la bandera, párrafos de la versión completa del himno argentino, entre otras muchas cosas más que largo sería de enumerar en este trabajo) dan cuenta de la importancia que tenía tanto para San Martín como para Belgrano, la oportuna reivindicación de las poblaciones americanas. No está de más remarcar, que la inclinación por una forma de gobierno que reivindica a una dinastía Inca, le traería a la revolución, un apoyo masivo de las poblaciones desclazadas (indígena fundamentalmente), que en diversas ocasiones con más o menos éxito, habían medido sus fuerzas con los soldados imperiales españoles.
Pero lecturas cargadas de desprecio y prejuicio, así como el interés mezquino de un puñado de comerciantes en torno al rédito de la actividad mercantil, dieron por tierra las mejores intenciones de los conductores políticos y militares de la Revolución. De todas estas aspiraciones, resultaría que la asamblea del XIII se limitó a acuñar moneda, a la declaración de la libertad de vientre (libertad para los descendientes de esclavos), entre otros puntos sustanciales. Pero no pudo tratarse la constitución, y esperaríamos 3 años más hasta ver esgrimida una declaración de independencia acorde a las circunstancias y que no diera lugar a ningún tipo de especulaciones, como puede verse claramente en el acta de la misma, que recomendamos leer. La declaración de la independencia es un punto de partida que deja atrás las mayores ambiciones del proyecto histórico de la Patria Grande Latinoamericana, que tendrá más inconvenientes en el futuro inmediato. Pero esa declaración, importa para nuestra historia el primer paso firme hacia la consolidación de nuestra soberanía nacional, en tanto reafirma la voluntad de un pueblo a regirse de acuerdo a su autodeterminación y sin el tutelaje de nación extranjera alguna, principio jurídico fundamental de la soberanía nacional.

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