El 1 de mayo de 1909

Por Ariel Petrucceli

Muchos son los intereses, y muchos los interesados, que pugnan por que la historia de las clases trabajadoras no sea conocida. No tiene nada de inocente que los medios masivos de comunicación se refieran al primero de mayo como “día del trabajo”, y no como “día de los trabajadores”. Porque “día del trabajo” remite a una fecha sin sujeto, sin personas; hace hincapié en la actividad, antes que en una condición social. Puesto que trabajar cualquiera puede hacerlo, aunque no sea ésa la forma en que se gane diariamente la vida, el “día del trabajo” puede ser el día de cualquiera. Por el contrario, el “día de los trabajadores” es el día de un sujeto colectivo, de una clase social.

Y es la historia de esta clase en tanto tal, la que busca ser olvidada o tergiversada por los poderosos, los explotadores, los opresores, de hoy y de siempre. ¿Quién recuerda hoy, por ejemplo, el rimero de mayo de 1909? Prácticamente nadie. Y sin embargo, ese día los trabajadores residentes en la Argentina, provenientes de todos los lugares del mundo (sin excluir a estas pampas), se movilizaron por las calles de Buenos Aires en homenaje a los mártires de Chicago. Pocos, seguramente, habrán imaginado que también ellos se convertirían en mártires. Dos eran los actos previstos para ese día. Uno, organizado por el Partido Socialista, transcurre con tranquilidad. Pero el otro, organizado por la Federación Obrera Regional Argentina -la poderosa y combativa FORA, de filiación anarquista- es ferozmente reprimido por la policía. La manifestación de esos hombrotes de manos callosas y trastes parchados que conformaban una moderna Babel, fue atacada por hordas policiales conducidas por el coronel Ramón Falcón. Doce obreros resultaron muertos. El 4 de mayo siguiente, en medio de una huelga general, una multitud de entre 80.000 y 300.000 personas (según las fuentes) se moviliza por las calles porteñas para acompañar a los féretros.

Pero la historia no terminaría allí. La justicia mira para otro lado: nadie es investigado por los asesinatos, nadie juzgado, no hay ni un solo encarcelado. Ante tales circunstancias, el 14 de noviembre de 1909 un joven anarquista -de ideas pacifistas, pero absolutamente indignado por la impunidad de los asesinos- ataca con una bomba al coronel Falcón, responsable de la matanza. Su nombre era Simón Radowitzky. Y Simón no falla. Falcón y su secretario privado morirían poco después. El joven anarquista es juzgado, y por ser menor de edad (tenía 18 años) evita la pena de muerte: es condenado a cadena perpetua. Mucho tiempo después, tras largos y penosos años en el penal de Ushuaia, y luego de casi dos décadas de movilizaciones obreras en pro de su liberación, Simón sería indultado por el presidente Irigoyen en 1930 (¿acaso para lavar su responsabilidad en las matanzas obreras de 1919 y 1921?).

Ramón Falcón tendría su premio póstumo: la Escuela de Cadetes de la Policía Federal lleva su nombre.

Simón Radowitzky, en cambio, poco a poco iría siendo olvidado, hasta casi desaparecer de la memoria histórica.

Hoy queremos recordarlo, junto a los 12 anónimos mártires a los que él quiso hacer justicia…

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