De Libros y Alpargatas

Neuquén es una de las siete provincias que este año no cuenta con participación institucional en la Feria Internacional del Libro que se realiza en Buenos Aires. No es porque haya optado por las alpargatas en lugar de los libros sino porque, como ocurrió en Mendoza, el presupuesto no alcanza. Es que un modesto puesto en la feria cuesta más de 200 mil pesos, a eso hay que agregarle gastos de estadía, transporte y viáticos a la delegación. Además, hace rato que el Fondo Editorial Neuquino (FEN), la editora del Estado provincial, no publica o publica tarde, sin proyecto ni criterio y de manera costosa.

Río Negro, en cambio, y luego de algunos contratiempos que llevaron años, reflotó su editorial institucional y este año publicó el segundo tomo de Poesía/Río Negro, una compilación del poeta Raúl Artola dedicado a “las nuevas generaciones”.

La ausencia neuquina en la feria que convoca la industria editorial en La Rural porteña hasta el 11 de mayo no desmerece, sin embargo, la labor del equipo que asumió en diciembre en la subsecretaría de Cultura. Al contrario, en materia literaria se lanzó en el verano una programación de presentaciones de libros a razón de uno cada quince días, un hecho que habla de lo saludable en escritura y ediciones en la región. Esto debería complementarse con la reforma la reforma de la ley 1809 de creación del FEN y constituir una editora institucional que sirva de vehículo idóneo para la difusión de la literatura producida en la provincia.

La circulación de la producción literaria de la Patagonia se debe a esfuerzos editoriales privados -pymes familiares en su mayoría- e independientes -editoras artesanales- que establecen circuitos alternativos con las librerías de capital regional. En el ámbito estatal, mientras tanto, se puede destacar la labor de Educo -la editorial de la Universidad del Comahue.

De regreso a la feria: más allá del encuentro de los lectores con los libros favoritos y sus autores, se trata de una demostración de la actualidad de la industria editorial en el país, profundamente transnacionalizada desde hace al menos dos décadas y pese al crecimiento de las pymes editoriales registrado en los años del kirchnerismo. Los datos de las cámaras del sector privado disponibles muestran que el mercado del libro local tuvo un fuerte crecimiento desde que se impusieron  medidas de protección durante los gobiernos kirchneristas. Por ejemplo, la cantidad de ejemplares editados por año pasó de 60 millones en 2010 a 128,9 millones en 2014, según la Agencia Argentina de ISBN. Es decir, se registró un incremento de un 114 por ciento en los ejemplares impresos en cinco años.

La protección al sector consistió en restringir las importaciones de libros con argumentos similares a los utilizados por la Unión Europea y los Estados Unidos contra los productos del Tercer Mundo -utilización de insumos cancerígenos en la tinta fue uno de ellos-. Esto fue calificado por los medios de comunicación hegemónicos, ligados a las transnacionales de la edición, como “cepo editorial”, una situación que atentaba contra la diversidad y la libertad de elección de los lectores. Pero hay que tener en cuenta que el número de títulos registrados por año aumentó entre 2010 y 2014 de 22.781 a 28.010 unidades anuales, mientras que el consumo en librerías pasó de 48,5 millones en 2011 a 52 millones en 2014.

Simultáneamente, en ese lapso se redujeron a la mitad las importaciones de libros: de 117 millones de dólares en 2010 a 52 millones en 2014.

Poco antes de las elecciones que consagraron a Macri como presidente de la Nación, los editores nacionales expresaron su rechazo a la devaluación del peso, a la apertura importadora y al ingreso irrestricto de las ediciones extranjeras. En un documento titulado “A la industria editorial no le da lo mismo”, explicaban en diciembre pasado que el tiempo de recupero de inversiones del sector “es superior a los seis meses, por lo que una devaluación… licuaría las ganancias, y la posibilidad de reinvertir, y resultaría en un parate para la cadena de pagos”.

Las advertencias de los editores se cumplieron y ya en el primer trimestre del año se registró una importante retracción. El documento estaba suscripto por pequeñas y medianas editoriales, librerías y distribuidores, entre otros: Mansalva, Blatt y Ríos, Paradiso, Las Cuarenta, trabajadores de Colihue, Libretto, Gog y Magog, Beatriz Viterbo, Conejos, Alto Pogo, Iván Rosado, Años Luz, Paisanita, Belleza y Felicidad, Casanova, Santiago Arcos, Vox, Eloísa Cartonera, De la campana, Spiral Jetty, Un Faulduo, La copiadora manuscrita, La luz artificial, 27 Pulqui, SantosLocos, Audisea, y Tammy Metzler. También figuraban las librerías Norte, Gambito de Alfil, La Internacional Argentina, Buchín, Oliva, Club editorial Río Paraná, Homosapiens, El juguete rabioso y El lugar, y sellos y librerías como Malisia, Excursiones, Mi Casa, La Marca, Aquilea, Tela y Papel Madera, Club de libros Escape a Plutón, Aquiles, Los-Proyectos, Ikono, Bruma, Clara Beter, Borde Perdido, La Idea Fija, Mágicas Naranjas, Tiempo Sur y La Docta Ignorancia.

 

Polémica

A la polémica surgida en 2011, cuando la organización de la Feria del Libro de Buenos Aires invitó al escritor peruano-español Mario Vargas Llosa a inaugurar las actividades, este año ocurrió algo parecido. Además de Vargas Llosa, la programación ponía en el centro al escritor Alberto Manguel, designado -pero no asumido- director de la Biblioteca Nacional. Manguel dijo que la feria porteña no sólo es la mejor de América, sino que es la mejor del mundo, una opinión que destronó de ese sitio a la de Guadalajara en México o a la de Frankfurt en Alemania, que se disputan la supremacía de la industria en el plano mundial.

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Lo cierto es que Manguel dirigirá desde julio próximo una biblioteca que despidió más de 240 trabajadores, que cerró y clausuró los talleres, cursos, seminarios y exposiciones que se programan allí desde hace más de ocho años. Es que, según su vicedirector designado, Ezequiel Martínez, el hijo de Tomás Eloy, la biblioteca recuperará su función “bibliotecológica” y se dedicará a eso.

Por eso, mientras Manguel hablaba en la inauguración de la feria, numerosos ex trabajadores de la Biblioteca se levantaron y comenzaron a caminar en silencio entre el público. Llevaban letreros que denunciaban a Manguel, a su gestión, y al macrismo. No quieren una “Biblioteca offshore”.

 

Por Gerardo Burton

gerardoburton@manoamanonoticias.com.ar

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