Crónica del 32º ENM en Chaco

Este es apenas un cúmulo de sensaciones que me dejó el Encuentro de Mujeres en Chaco.

Desde Neuquén a Chaco recorrimos más de 1900 km para llegar al 32º Encuentro Nacional de Mujeres. Salimos convencidas de que se trataría de un fin de semana cargado de emociones, y el mismo viaje lo fue. Éramos 9 con el espíritu de 10, algunas no se conocían entre sí, pero los dos días de viaje nos alcanzaron para (re) conocernos como mujeres compañeras.
No hacía calor, al menos no cómo el que esperábamos, pero cuando llegamos al Estadio Sarmiento y empezamos a ver la multitud de mujeres, las sonrisas, los abrazos, a escuchar los cánticos, el calor nos acobijó. Éramos miles de mujeres llegando para compartir una de las experiencias más emocionantes. Escuchamos el discurso de apertura paradas en el medio del estadio, compartiendo puchos y reconociendo banderas compañeras.
No es casual que ahora estemos juntas y en Resistencia, cuando en Argentina se vienen profundizando las desigualdades económicas y sociales que devienen en una escalada de la feminización de la pobreza. Estamos resistiendo en la región más postergada del país. Así comenzaba la lectura del documento que nos daba la bienvenida por segunda vez en Chaco a más de 50 mil mujeres de todas las latitudes de la Argentina pero también de países hermanos de América Latina. Claro que no es casual que en cada encuentro seamos más porque la realidad por la que atravesamos nos lleva a la necesidad de hacer un pacto entre mujeres, a construir eso que define la sororidad.
Porque lo personal es político, los encuentros nacionales de mujeres plantean una forma distinta de hacer política, que tenga como base fundamental los siete pilares: autogestión, pluralidad, autofinanciamiento, federalismo y horizontalidad. Apostamos a la construcción desde el consenso, la diversidad y la igualdad, porque queremos transformar lo aprendido, lo impuesto y lo establecido.
Esto es tal vez lo que más resuena para quienes no venimos de la militancia feminista pero que nos animamos a romper con los mandatos estructurales de nuestra cultura militante.

Ronda de diálogo y escucha

Elegir entre los 71 talleres que dispuso la organización del Encuentro no fue tarea sencilla, aun cuando algunas íbamos convencidas del espacio del que queríamos participar. Mujeres, Poder y Política, Mujer y Deporte, Personas trans, travestis y transgénero, Mujeres y Educación¸ Mujeres, antiimperialismo, solidaridad e integración regional, Mujeres y Cultura de la Violación, fueron los que elegimos descartando muchos otros igualmente convocantes. Yo elegí este último, tal vez porque sentía la necesidad de poner en palabras lo que me rodea, para entenderlo, para desarmarlo y reconstruirme.
Los talleres suelen desdoblarse en varias comisiones para que en un grupo medianamente reducido se pueda llevar a cabo el debate y que la palabra circule. Éramos alrededor de 30 mujeres de diferentes edades, profesiones, trayectorias militantes y de más de 10 provincias de la Argentina.
Sentadas en círculo, en sillas, mesas o en el suelo, comenzamos con lo que sería para mí una de las experiencias más movilizantes. La coordinadora de la comisión explicó que este taller había sido propuesto desde la Marcha de las Putas porque existía la necesidad de desarmar la cultura que permitía la violación aleccionadora de los cuerpos y vidas de las mujeres. Hablamos de las nociones del consentimiento, las víctimas (buenas y malas según las construcciones mediáticas), el abuso, las relaciones de poder, la violencia institucional. De las leyes que nos amparan y de la burocracia de la Justicia. De las denuncias formales, el escrache y el alerta. De las que se quedan calladas porque el miedo no las deja hablar. Nos dijimos una y otra vez que no tenemos la culpa, que no tenemos que pedir más perdón, que si nos duele, que si vemos que a la otra le duele, que cuando una habla hay que creerle y acompañarla.
Hablamos y se nos anudó la garganta. Nos escuchamos. Hablamos y nos reconocimos en los relatos de las otras. Nos entendimos. Hablamos y nos apretamos las manos. Nos contuvimos. Hablamos y la rabia invadía nuestros cuerpos. Lloramos. Hablamos e intercambiamos contactos para poder tejer los lazos que son necesarios ahora que sí nos vemos.
Cuando terminó el taller salí a fumar un pucho y un rayo de sol me daba justo en los ojos. No podía ver, así que cerré los ojos y pude escuchar el murmullo de muchas voces que se encontraban, que hablaban del patriarcado, del abuso de poder, de los estereotipos, de las relaciones de consentimiento sexo afectivas… Eran experiencias, conceptos, análisis y reflexiones vivas que nos interpelaban. Y de eso se trata, de sentirse empoderada para transformar(nos).
Esa noche nos encontramos las que viajamos haciendo un asado colaborativo. Sí, incluso hacer un asado salía de la lógica individualista de medírsela, nos ayudamos a hacer el fuego, aceptamos los consejos, la que sentía que sabía se acercó y tomó las riendas. Destapamos un vino, circularon algunas birras y nos predispusimos a contar lo que nos quedó de ese primer día. Para muchas de las que viajamos era la primera vez así que la necesidad de contar nos brotaba naturalmente.
El domingo fue aún más intenso. Llegamos a los talleres para continuar con los debates, personalmente ese día pude contar nuestra experiencia. Pude apalabrar la mierda, compartirla, desarmarla, entenderla, cuestionarla y me encontré abrazada a completas desconocidas que podían sentir mi dolor. Esa sensación es incomparable. Insisto, fue para mí tremendamente movilizante. Pero cuando terminamos, sentí que estaba donde tenía que estar, que lo que hicimos podía ayudar a muchas otras porque es ahí donde se construyen los puentes entre las experiencias vividas.

Las Plazas y la Marcha

En la plaza central el folklore de feria feminista, los stands con información y la venta ambulante nos invitaron a pasear. Almorzamos y nos fuimos a la plaza kirchnerista. Allí las compañeras organizaron una radio abierta y participamos de dos fuertes intervenciones, una por la liberación inmediata de Milagro Sala; la otra, por la aparición con vida de Santiago Maldonado. La consigna nos atraviesa Sin Feminismo no hay Justicia Social.
Y de nuevo otro encuentro cargado de emoción: nos abrazamos con Lola, nos contamos las novedades, nos repreguntamos sobre el tiempo compartido, nos actualizamos las agendas. Ahora juntas nos preparamos para marchar.
Decidimos vivir la marcha junto a las mujeres socorristas, nos pusimos las pelucas magenta y cantamos sintiéndonos una más. Cantamos a favor de la vida, de las nuestras, de nuestro derecho a decidir, de que se nos da la gana de ser putas, travestis y lesbianas, que queremos que el aborto sea legal. Y vi muchas mujeres, muchos cuerpos, muchas tetas. Vi pelos de mil colores, sonrisas, besos y abrazos. Las vi saltar, correr, hacer rondas. Nos vi libres y me encantó. Y volví a leer nuestras remeras que decían “El miedo va a cambiar de vereda” y supe que así será.

Nos acuerpamos entre miles, porque acuerpar es abrazar la lucha y ponerle el cuerpo. Y eso estamos aprendiendo desde el feminismo todos los días.

Gimena González Eastoe

gimenacong@gmail.com

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