Contingencia Climática o Desidia?

Mercedes Martinez*

Los sucesos de principios de abril en las ciudades de La Plata y Buenos Aires, a raíz de la fenomenal tormenta que las sacudió, dejaron aprendizajes insoslayables, de los  que deberíamos tomar nota.

La información que ha trascendido manifiesta que un conjunto de factores convergieron para desencadenar la catástrofe.

Expertos, funcionarios, ciudadanos, coinciden en que el crecimiento urbano aceleradísimo, promovido en gran medida por la creciente especulación inmobiliaria, la ocupación de zonas no aptas para la urbanización, la postergación de obras de infraestructura necesarias para acompañar los procesos de expansión y/o densificación urbana, la impermeabilización creciente del suelo, seguramente entre otros factores, concurrieron para dar forma al desastre.

Sin entrar en comentarios de cómo se manejó la crisis, por no ser el objeto de estas líneas, podemos detenernos a pensar cuán lejos estamos de sufrir situaciones con consecuencias similares, y aún más graves que las que vimos en dichas ciudades.

Nuestra provincia, en su mayor parte, se ubica en una región semiárida, donde eventos como el antes mencionado son habituales.Así, las causas que se exponen para explicar el desastre platense,  pueden observarse en muchas de nuestras ciudades, especialmente las más pobladas y sus entornos. La especulación en el uso de la tierra con fines comerciales, turísticos, residenciales, etc., genera fenómenos descontrolados de crecimiento urbano, más allá de las regulaciones existentes. Los gobiernos locales se han vuelto altamente vulnerables ante estas abultadas inversiones  de desarrolladores inmobiliarios, que sólo persiguen fines lucrativos, interesándose escasamente por las consecuencias que en el mediano o largo plazo sus acciones pueden desencadenar. Y el Estado, provincial o municipal, que debería ocuparse de analizar y controlar estas intervenciones en el territorio, sopesando el bienestar general y la protección ambiental, no parece encontrar la fórmula para lograrlo.

Basta mencionar, a modo de ejemplo, lo ocurrido a principios de marzo de 1975, cuando casi todas las ciudades de la zona comprendida entre Cutral Có y Chichinales, fueron afectadas por una lluvia intensa que arrasó con sectores urbanos y rurales, rutas, etc., provocando el anegamiento de vastas zonas.

En el caso de la ciudad Neuquén, la población por entonces rondaba los 70.000 habitantes, y su mancha urbana era acotada y de muy baja densidad. Sin embargo los daños producidos fueron motivo de preocupación pública, generando el desarrollo del primer plan de desarrollo urbano de Neuquén, y en particular los hidrológicos, que derivaron en la construcción de un sistema de azudes y canalizaciones (incompletas por cierto), que si bien no evitarían un nuevo fenómeno similar, ayudarían a atenuar los efectos negativos sobre la población y sus bienes. Pocos años después el crecimiento de la ciudad había arrasado con esas obras o tenían tan escaso mantenimiento que ya no podían cumplir con su cometido.

Otra situación que se suma a este escenario, es la construcción de seis represas aguas arriba de la ciudad, que si bien son un excelente recurso para atenuar crecidas anuales de los ríos, conllevan un nuevo riesgo en el caso de eventos extraordinarios, si son superados en sus niveles máximos operativos o, eventualmente, ante rotura de presa.

Estas potenciales circunstancias, analizadas, simuladas y cuantificadas desde hace décadas, dieron lugar a que la AIC desarrolle cartografía y planes de riesgo hídrico, ante distintas hipótesis de evacuación. A mi entender, debido a la escasa y poco apropiada comunicación a la población seguramente no serían eficientes simplemente porque la gente lo desconoce y no sabría cómo actuar para protegerse y ayudar a los demás.

Sin duda que el Estado, provincial y local, tiene una responsabilidad insoslayable en esta situación. Su deber es estudiar y prever los riesgos que el desarrollo urbano conlleva y, a través de una adecuada planificación, que debe ser el primero en respetar y hacer respetar, acompañar el proceso de desarrollo de forma armónica y consensuada con los diferentes actores sociales.

Los sucesos en La Plata y Buenos Aires deberían ser el punto de inflexión que nos permita pensar el presente, para torcer el rumbo e iniciar un camino, que desde una adecuada planificación, nos ayude a subsanar los errores cometidos, pensando el territorio de forma más armónica con su soporte natural y social.  Aún estamos a tiempo.

*Arquitecta – Especialista en planeamiento ambiental y urbano

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