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Por Romina Berazategui*

Hace más de 13 años, cuando era estudiante de medicina, en un hospital de la ciudad de Córdoba, fui testigo de una situación que me cambio la vida. Estaba en la guardia del turno noche, era primavera, yo tenía un ambo celeste de “sanidad” que me habían regalado, que aún sigo usando (ahora me queda más bien chico). Las luces de los pasillos, que siempre titilan porque algún día las van a cambiar, daban un tono bastante lúgubre, y yo, como aún me sigue pasando, los caminaba en mi insomnio.

Entre penumbras, mencontré con una chica de no más de 15 años en bata verde “sanidad”, en una banqueta larga de madera, con la cabeza gacha, temblando y llorando, pero en silencio. Se entreveía una bombacha rosa y estaba descalza y sola. Le pregunté por qué estaba ahí y me dijo que no sabía. En la facultad no nos enseñan del uso de las tecnologías blandas como realizar una entrevista, y menos aún acompañar a una paciente en situación de aborto; solo escuche de aborto cuando entre al quirófano esa noche, con esa chica, con dos ginecólogas que sin mediar explicación y anestesia, me mostraron lo que “había que hacer en estos casos”, hablando en voz alta, y tomando café, empezaron hacer un legrado el cual en forma de súbita e involuntaria empecé a participar e incluso a realizar. Esa noche escuchamos, ambas, “esto es por puta”, “mirá lo que hacen éstas”, “¿de dónde sacan las pastillas?”, “ojalá así aprendan”, “Siempre mienten éstas, nunca hay que creerles”, “mirá cómo nos hacen perder tiempo….y plata”. Nunca me temblaron tanto las manos para realizar un procedimiento. Después fui a la sala de internación, la chica estaba sola, nadie la había ido a acompañar, le sostuve la mano y me largue a llorar, ella no.

Siempre quise ser médica pero no siempre quise ser feminista, ese día entendí que no sólo era una necesidad para afrontar todo lo que se venía, sino una obligación. Era una posición política frente a la vida, para realizar una lectura del contexto social y subjetivar el cuerpo de la mujer, convertirla en ciudadana de derechos plenos. Con el tiempo comencé a acompañar mujeres en interrupciones de embarazos, acompañada de lecturas que me invitaban a repensar el bio-poder y el modelo médico hegemónico. Sostuve muchas manos más, empecé a decir aborto en voz alta, cuestione estos casos y miles más. Hicimos redes, nos sacamos las batas y los ambos y empezamos mirar que hacían las mujeres organizadas por la salud de otras mujeres. Aprendimos, nos empezamos a encontrar, a conocer, aprendimos que las mujeres nunca mienten, sólo tienen razones diferentes y cómo el sistema también nos normaliza. Lloramos todas juntas, no me tembló más la mano al usar el misoprostol, aprendimos que las mujeres nunca mienten, solo tienen razones diferentes y como el sistema también nos normaliza, les pusimos causales. No nos hacían perder tiempo y menos recursos, porque desde que armamos las consejerías, los grupos, las mujeres abortan en sus casas acompañadas de las suyas y del sistema de salud con la guardia amigable. Disminuyeron las complicaciones y los llamados a la madrugada, se fue yendo el mito y empezamos a hablar del deseo de maternar.

Entendí que los efectores de salud somos meras herramientas alineadas de un sistema patriarcal que se reproduce y nos estructura los cuerpos, las costumbres, las prácticas y las actitudes en relaciona a la salud sexual. Comprendí que el feminismo llego hace rato para cambiarlo todo, ese cuerpo colectivo femenino fue conquistando en las calles, en el trabajo, en la universidad, en las camas y en el hospital, las herramientas para cambiar nuestras prácticas en salud y nos apunta para que nos pongamos al día, y nos obliga a ser objetores sociales de las injusticias que se llevan a cabo con cada cuerpo gestante que nos toca la puerta de la guardia.

Por todas aquellas que no llegaron, por las que llegaron pero no están, por las que empiezan y no paran de crecer, por las históricas que levantaron la voz cuando nadie las escuchaba, por las locas. Les médiques, trabajadores sociales y psicólogues que siempre están en las pasillos de los hospitales y centros de salud de todo el país, CUENTAN CON NOSOTRES PARA GARANTIZAR EL DERECHO A AL ABORTO LEGAL.

 

*Médica. Frente de Mujeres Evita de Río Negro.

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