Brasil en la encrucijada

Por Diego Burd*

Un conjunto de movilizaciones en las principales ciudades del país hermano, en contra de la suba en transporte público, cuya principal característica es la irrupción de los jóvenes, muchos provenientes de las “nuevas clases medias”, comenzó a expandirse, aumentando el nivel de reclamos, sumando el apoyo de los medios concentrados de comunicación, quienes enfrentan la posibilidad de la sanción de una ley de medios, y los grupos concentrados económicos, puso en tensión la coalición de gobierno encabezada por la actual mandataria Dilma Rousseff, quien envió al Parlamento un conjunto de medidas que apuntan a la reforma política, y hasta enunció la posibilidad del llamado de un plebiscito para realizar una reforma constitucional, en cercanías de las elecciones presidenciales del año próximo, donde ella buscará su reelección.

Brasil, desde la llegada de Lula al gobierno, ha generado la incorporación de 40 millones de personas a la clase media a través de un conjunto de reformas sociales pero aún el modelo brasilero contiene altos niveles de contradicciones: mantiene aún el nivel más alto de desigualdad del subcontinente, ha entrado en una reprimarización de la economía, una fuerte centralidad del capitalismo financiero y tasas de crecimiento bajas; en el presente trimestre recién se nota alguna recuperación en los índices económicos. El conjunto de protestas sociales pueden enmarcarse en este contexto, cualquiera que intente realizar un análisis de los sucesos corre el riesgo de caer en reduccionismos -como afirma Sader-.

Boron plantea: “El disparador, el aumento en el precio del boleto del transporte urbano, tuvo eficacia porque según algunos cálculos para un trabajador que gana apenas el salario mínimo en Sao Paulo el costo diario de la transportación para concurrir a su trabajo equivale a poco más de la cuarta parte de sus ingresos. Pero esto sólo pudo desencadenar la oleada de protestas porque se combinaba con la pésima situación de los servicios de salud pública; el sesgo clasista y racista del acceso a la educación; la corrupción gubernamental (un indicador: la presidenta Dilma Rousseff ha echado a varios ministros por esta causa), la ferocidad represiva impropia de un Estado que se reclama como democrático y la arrogancia tecnocrática de los gobernantes, en todos sus niveles, ante las demandas populares que son desoídas sistemáticamente: caso de la reforma de la previsión social, o de la paralizada Reforma Agraria o los reclamos de los pueblos originarios ante la construcciones de grandes represas en la Amazonía”.

Ahora en este clima de las contradicciones propias de cualquier modelo de desarrollo, los sectores dominantes paulistas, apoyados por otros sectores políticos, encontraron en estas movilizaciones, y la respuesta de las policías estaduales (que no responden al gobierno nacional), un mecanismo para erosionar la figura de la actual mandataria, pensemos que la imagen de la misma, bajó un 23%, Sader plantea que “La oposición -los medios privados, que hacen como de partido da la oposición- pasó de condenar a las movilizaciones a promoverlas de manera desproporcionada, cuando se dio cuenta que podría desgastar al gobierno, buscando introducir sus consignas. Así como, desde otro lado, sectores extremistas trataron de terminar con las marchas, con actos generalizados de violencia, con la destrucción de espacios públicos”.

En el paquete de medidas del Ejecutivo sobresalen dos principales: las nuevas reglas de financiación de campañas electorales y un sistema de votación para elegir diputados que los acerque más a los designios de los electores. Rousseff también propuso que los brasileños definan si acaban con el voto secreto en el Parlamento, autorizado actualmente para la destitución de legisladores, entre otras decisiones, y con la elección de suplentes de senador, así como reglas para las coaliciones electorales de partidos.

Esta serie de medidas encontraron fuerte resistencia en fuertes sectores parlamentarios, como también en los principales grupos de poder en el país.

El 3 de julio, los sindicatos que aglutinan a los médicos y enfermeros, protestaron contra la posible llegada de equipos de salud cubanos en veintitrés estados; en la misma sintonía el 11 de julio, las cinco principales entidades sindicales del Brasil realizaron una serie de corte de rutas en catorce estados, dentro de los reclamos de los sindicatos se encuentra la reducción de las horas laborables, y la recuperación de los reclamos del mes anterior, más inversión en transporte, educación y salud pública, lo cual plantea tensiones en el armado social del gobierno del Partido de los Trabajadores.

Sin entrar en analogías, Brasil se encuentra afrontando su propio 2008, un momento que puede significar un desplazamiento de apoyarse más hacia la izquierda de su coalición de gobierno, o entrar en nuevo pacto de dominación favorable para las clases dominantes brasileras, aun como dice Sader, es temprano para interpretaciones, pero sí podemos afirmar que el gobierno del PT se encuentra en la encrucijada de profundizar o negociar con los poderes concentrados.

*Profesor en Historia Universidad Nacional del Comahue

Más reflexiones en http://diegoburd.blogspot.com.ar

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