Algunas Hipótesis sobre La Coyuntura

Por Gerardo Burton

Quizás haya que cultivar el amor fati, ese concepto que Nietzsche desarrolló para superar situaciones que producen dolor. El amor fati es, simplemente, asumir los hechos del pasado, del presente y del futuro como si éstos fueran lo mejor que podría ocurrir. Es decir, aceptar la realidad -o la lectura de esa realidad- como positiva, aun cuando suponga sufrimiento, pérdida, dolor, derrota.

Sobre esa base se genera un amor por los hechos y las cosas, se los considera necesarios e imprescindibles, y se establece una fórmula para la grandeza del ser. Esta aparente calma chicha que linda con el determinismo y con lo ineluctable, circula en ciclos solamente rotos por la irrupción de la voluntad del ser: el espíritu dionisíaco vuelve a escena y por consiguiente se produce la reanudación de rupturas positivas dentro de la sociedad. En criollo, la actitud es la de desensillar hasta que aclare.

Desde antes de las elecciones -la primera vuelta y la definitiva del 22 de noviembre- comenzaron los análisis y las (auto)críticas dentro del campo del Frente para la Victoria, con varios ejes de los cuales la mayoría tendían a cuestionar la conducción y la gestión de CFK y su círculo más próximo. Desde aislamiento y regodeo en lo realizado, soberbia, falta de diálogo e imposiciones de nombres y candidatos en las listas electivas, pocos defectos quedaron sin señalar. Como si no hubiera habido interacción entre todos los sectores y sólo uno hubiese cargado con el peso de la derrota. Cierto que las responsabilidades son distintas según el papel que a cada uno le tocó -y le toca- desempeñar.

Veamos algunos errores internos:

Uno de los más evidentes y generalizados en la discusión interna, especialmente en ámbitos del Partido Justicialista -ortodoxo o no- es el aislamiento acentuado a partir de la disputa con el sindicalismo por listas de candidatos en las elecciones de 2011, que supuestamente quebraron el frente interno y volcaron a una parte del movimiento obrero al Frente Renovador. Como en todo, acá hay varios matices que van desde el gris lavado al negro más oscuro, y también gradaciones en el compromiso con lo nacional y popular.

Si se descarta al grupo de dirigentes sindicales transformados en gerentes-empresarios según el modelo Zanola-Cavalieri-Pedraza-Venegas y con ciertos toques de patota -Barrionuevo, por caso-, quedaban dos grandes sectores: el de Moyano & compañía, que coqueteó con Massa y Macri -el camionero, apoyado por Guillermo Pereyra, otro ceosindicalista que jugó a dos puntas- y el de Caló que a duras penas mantuvo su alineamiento con el gobierno de CFK.

De estos dos últimos, el de Moyano fue el que mayor daño produjo en la estructura y en la campaña del FpV: limó candidatos, sobre todo intendentes, con la presión de los camioneros, monopólicos en la recolección de residuos en las comunas del conurbano, y aportó bases al creciente -sin prisa y sin pausa- Cambiemos en la provincia de Buenos Aires y en el resto del país.

El segundo error analizado es el adocenamiento en la gestión: después de doce años se aburguesaron funcionarios, se resintieron los mecanismos de respuesta y fallaron las mediaciones. Eso no se compensó con la militancia juvenil pese a que fue importante y morigeró el impacto negativo.

Por fin, se criticó la falta de espacio y, en consecuencia, de diálogo, el congelamiento de la transversalidad original del kirchnerismo y la escasa participación de otros sectores del PJ y aliados en el FpV como por ejemplo las medidas económicas, la falta de discusión respecto de las modificaciones de leyes fundamentales como la de entidades financieras, del BCRA, entre otras.

Lo de afuera

Como ocurrió al finalizar la primera década peronista, los sectores medios beneficiados por las políticas de Estado aplicadas por el gobierno constituyeron la masa crítica opositora donde se generó el caldo de cultivo favorable al golpe cívico militar de septiembre de 1955. Por caso, los propietarios de las pequeñas y medianas empresas, que crecieron exponencialmente durante esa década, aunque muchas habían nacido en el período inmediatamente anterior, y que servían a la industria nacional orientada al mercado interno, fueron los principales objetores de la política de Perón. Las excusas apelaban a esos lugares comunes de la clase media: “paraban porque la canilla perdía”; “usaban el parqué para encender el fuego para el asado”; “ponían macetas con margaritas en el bidé”. Lo cierto es que tardaron un poco, pero Álvaro Alsogaray los puso frente a su propio espejo. Basta recordar que “había que pasar el invierno”.

En la actualidad, ocurrió algo parecido. Los sectores medios, con su visión de miope, confiaron en el esfuerzopropismo como concepto fundamental para analizar y justificar el crecimiento de esta década. Esa solidaridad que se generó en 2001 entre piqueteros y caceroleros -desocupados y excluidos por un lado y clase media expoliada por los bancos por otra- fue quebrándose a medida que pasó el tiempo. Y entonces, volvieron los prejuicios pequeño-burgueses: “¿por qué voy a financiar con mis impuestos a los planes descansar?”; “se embarazan por un plan”; “el impuesto a las ganancias es un impuesto al salario”; “el salario es mío y no se toca”; “el Estado presiona y presiona y vulnera la propiedad privada”; “se subsidia la vagancia”; “son todos choriplaneros”.

El esfuerzopropismo tuvo su clímax en las protestas caceroleras de los barrios Norte, Belgrano, la zona rica del conurbano, que cundió también, medios mediante, en los sectores más pobres o de mayor empuje. En efecto, los viejos barrios obreros, ahora reconstituidos, clamaron por la seguridad, la represión a los piquetes y cortes de ruta, cuestionaron a la política como herramienta de transformación social. Eso vació de contenido las campañas, donde la liviandad conceptual se impuso por encima del discurso más ideológico, encarnado en una línea nacional, popular y democrática impulsado desde el gobierno de CFK.

Además, ese contexto fue favorable a la asimilación, por una gran parte de la población, de las pautas culturales de la oligarquía o del establishment. De la misma manera que con Menem había una fascinación por la barbarie domesticada, ahora se produjo el hechizo de la posibilidad de ser -o de parecer- de clase alta votando a Macri. Y la confluencia de ambos se dio gracias al baile: la cumbia de Gilda reemplazó al pop de Queen y así todos contentos. Los globos alcanzaron para todos.

La puja por el impuesto a las ganancias merece un párrafo aparte. Al igual que con la resolución 125, hubo una derrota del campo propio. Esa batalla cultural fue perdida: la ganaron los medios de comunicación y los propaladores oficiales del establishment contra el cuco del Estado y la manirrotez supuesta del gobierno de CFK. Además, colaboraron los sectores supuestamente progresistas y disfrazados de izquierda: todos en conjunto se opusieron a pagar el impuesto a las ganancias, con lo cual se desfinanciaban las políticas sociales y las jubilaciones, que ahora alcanzaban su más alto margen de cobertura histórico. Eso comenzará a caer este año, probablemente.

Por último, el daño que causaron en el campo propio el tándem Massa-De la Sota por un lado y Moyano con sus ceosindicalistas por otro. El primero, además de darle la victoria a Cambiemos -el voto en Córdoba fue un ejemplo-, ahora le proporciona funcionarios y propuestas -en especial en materia de seguridad y de inserción en el territorio-.

Sin embargo

Esto es apenas un intento de describir un panorama, mientras aclara. La fuerza de esta etapa reside, sin embargo, en la extensión de derechos a sectores de la sociedad que antes estaban marginados: desde las políticas en memoria, verdad y justicia, hasta el matrimonio igualitario pasando por las jubilaciones masivas, las asignaciones universales por hijo y embarazo y la ampliación de la oferta universitaria. Todas herramientas que tienen protagonistas específicos: jóvenes y ancianos que en la década neoliberal estaban fuera. Unos, quizás por no haber nacido. Otros porque fueron la masa de desocupados que comenzó a acrecentarse a mediados de la década de 1980 y fue imparable durante 31 años ininterrumpidos. Ese quiebre, en 2001, yace en la memoria colectiva.

Es, en este punto, donde los jóvenes pueden constituirse en el motor de la resistencia y del aguante. Más allá de sindicalistas adocenados, de políticos kiosqueros y de empresarios prebendarios. Esta generación puede reeditar, sin pretender eternos retornos, a la juventud maravillosa. Esa aparente inorganicidad que puebla plazas, paseos públicos, redes sociales y que se designa genéricamente como “unidos y organizados” requiere de una conducción. Confiemos en que la resistencia encuentre, una vez más, ese cauce que la haga efectiva, eficiente y eficaz.

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