A 65 años del paso a la inmortalidad de Eva Perón

El 26 de julio de 1952  el pueblo despedía a una de las mujeres mas importantes de la historia argentina: Maria Eva Duarte de Perón. Mano a Mano realizó una selección de expresiones artísticas para conmemorar la fecha. Poemas, cuentos, pinturas y canciones en honor a  la abanderada de los humildes.

Eva Perón en la hoguera (fragmentos)

por Leónidas Lamborghini

 

I

 

por él.

Eva abrazada a èl, por Sergio Torosatti

a él.

para él.

al cóndor él si no fuese por él

a él.

brotado ha de lo más íntimo. de mí a él:

de mi razón. de mi vida.

lo que es un cóndor él hasta mí:

un gorrión en una inmensa.

hasta mí: la más. una humilde en la bandada.

un gorrión y me enseñó:

un cóndor él entre las altas. entre las cumbres:

a volar.

si casi y cerca:

a volar.

si casi de:

a volar

en una inmensa. un gorrión.

y me enseñó:

si veo claramente. por eso:

si a veces con mis alas.

si casi cerca de.

si ando entre las altas. si veo.

si casi toco casi:

por él

a él:

todo lo que tengo:

de él.

todo lo que siento:

de él.

todo el amor de mí:

a él.

mi todo a su todo:

a él.

 

 

 

IV

 

“Volveré y seré millones”, por Victor Quiroga

un día hay:

un maravilloso:

ese fue.

lo vi desde.

un momento hay:

el encuentro. el comienzo de mí.

en todas las vidas hay:

lo por hacer. la cosa.

un momento: en qué.

el encuentro: en qué.

mi día: fuego. lo vi desde.

ese fue: de mí. en todas las vidas

hay:

lo monótono sin.

el paisaje sin.

lo definitivo que parece sin:

una cree

pero en el fondo

no a aquello: un grito.

no a resignarme. por fin llegó. ese fue:

mi día hay

mi maravilloso.

un camino nuevo: lo por hacer. la cosa por.

la revolución por. ese fue. lo vi desde. fuego: un grito

un día hay.

un momento hay.

un maravilloso hay.

 

 

IX

 

 

para mí los obreros:

 

en primer lugar. para mí los que estuvieron. los que cruzaron

viniendo. los que en columnas alegres. los que dispuestos.

los que a todo los que a morir. para mí los que en diagonales

avanzaron. los que hicieron callar. para mí los que todo el día

los que reclamaban. los que a gritos. los que encendieron:

los que hogueras.

para mí en primer lugar: todos los que: aquella noche.

para mí: todos los que antes.

todos los que ahora.

todos los que mañana.

todos los que: hogueras.

para mí los organizados. los obreros: ¡ellos son!

los que sostienen ¡ellos son!

todos los que antes todos los que ahora todos los que mañana.

el amor de mí.

la esperanza de mí.

para mí el pueblo: ¡ellos son!

 

 

XI

 

los humildes: los he visto. los humildes. la pobreza que: se esconde   

los ranchos de.

las casillas de: sepulcros de barro. peores, sepulcros de lata: peores

no basta asomarse: se esconde. el dolor en todo su: se esconde.

la miseria en toda su. no basta para ver: no es tan fácil.

para ver: no por fuera. no basta.

para ver: por dentro. he visto: los hijos de esta tierra. los humildes

peores que:

por dentro: el hijo muerto sin. entre los brazos: no ataúd. sin.

he visto: no hay allí. he visto: los brazos ataúd.

por dentro: la pobreza: de muchos años.

la miseria: de muchos años. de esta tierra: por dentro.

he visto.

por fuera no basta para ver: no es tan fácil. se esconde.

Evita Protege al Niño Peronista, por Daniel Santoro

por dentro:

tierra ataúd.

miseria ataúd.

por dentro:

pobreza ataúd.

ranchos sepulcros: sin. casillas sepulcros: he visto. los hijos de

esta tierra sin. los humildes sin. el hijo muerto entre. los hijos

sin. entre:

peores que.

 

 

 

XII

 

las cartas: la elocuencia tremenda.

todas: del que necesita. cuanto antes cuanto antes.

querida Evita.

las cartas: sus peticiones. del que necesita. la

tremenda. la enorme. la

cantidad: todos los días. las cartas:

angustiosas llamados que son: querida Evita.

cuanto antes.

cuanto antes.

cada mensaje: a mis manos.

cada mensaje: fe.

cada mensaje: amor.

cada mensaje esperanza. la tremenda. la enorme.

los llamados:

cuanto antes cuanto antes.

querida. Evita.

 

Proyección audiovisual sobre la figura de Eva en  el edificio del Ministerio de Desarrollo Social

 

 

 

Esa mujer (en “Los oficios terrestres”)

por Rodolfo Walsh

El coronel elogia mi puntualidad:

-Es puntual como los alemanes -dice.

-O como los ingleses.

El coronel tiene apellido alemán.

Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.

-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito.

 

Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.

 

Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.

 

El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.

Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.

 

Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.

 

El coronel sabe dónde está.

Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.

 

Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.

 

-Esos papeles -dice.

Lo miro.

-Esa mujer, coronel.

Sonríe.

-Todo se encadena -filosofa.

 

A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.

 

-La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.

-¿Mucho daño? -pregunto. Me importa un carajo.

-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años -dice.

 

El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.

 

Entra su mujer, con dos pocillos de café.

-Contale vos, Negra.

 

Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.

 

-La pobre quedó muy afectada -explica el coronel-. Pero a usted no le importa esto.

-¡Cómo no me va a importar!… Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.

El coronel se ríe.

-La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.

Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.

-Cuénteme cualquier chiste -dice.

Pienso. No se me ocurre.

-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.

-¿Y esto?

-La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.

 

El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.

-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.

-¿Qué más? -dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.

-Le pegó un tiro una madrugada.

-La confundió con un ladrón -sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.

-Pero el capitán N…

-Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no e un caballo ensillado cuando se pone en pedo.

-¿Y usted, coronel?

-Lo mío es distinto -dice-. Me la tienen jurada.

Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.

-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.

-Me gustaría.

-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?

-Ojalá dependa de mí, coronel.

-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.

 

Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.

 

-Mire.

A la pastora le falta un bracito.

-Derby -dice-. Doscientos años.

La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.

-¿Por qué creen que usted tiene la culpa?

-Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.

 

El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.

-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.

-¿Qué querían hacer?

-Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.

-Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.

-Y orinarle encima.

-Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.

 

No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.

 

-Esa mujer -le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.

El coronel bebe. Es duro.

-Desnuda -dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso…

 

Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.

 

-Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.

 

Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.

 

-…se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos-, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?

-No.

-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.

 

Vuelve a servirse un whisky.

 

-Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.

Bruscamente se ríe.

-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.

 

Repite varias veces “Eso le demuestra”, como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.

-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.

-¿Pobre gente?

-Sí, pobre gente -el coronel lucha contra una escurridiza cólera interior-. Yo también soy argentino.

-Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.

-Ah, bueno -dice.

-¿La vieron así?

-Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo…

La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.

-Para mí no es nada -dice el coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dese cuenta.

 

Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da… Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.

-A mí no me podía sorprender. Pero ellos…

-¿Se impresionaron?

-Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: “Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo.” Después me agradeció.

 

Miró la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. “Cola” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. “Beba”.

 

-Beba -dice el coronel.

Bebo.

-¿Me escucha?

-Lo escucho.

-Le cortamos un dedo.

-¿Era necesario?

 

El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.

-Tantito así. Para identificarla.

-¿No sabían quién era?

Se ríe. La mano se vuelve roja. “Beba”.

-Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?

-Comprendo.

-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.

-¿Y?

-Era ella. Esa mujer era ella.

-¿Muy cambiada?

-No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a… Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.

-¿El profesor R.?

-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.

 

En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.

-¿Enciendo?

-No.

-Teléfono.

-Deciles que no estoy.

 

Desaparece.

 

-Es para putearme -explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.

-Ganas de joder -digo alegremente.

-Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.

-¿Qué le dicen?

-Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.

 

Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.

-Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.

 

El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.

-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.

 

Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.

-Llueve -dice su voz extraña.

Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.

-Llueve día por medio -dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.

Dónde, pienso, dónde.

-¡Está parada! -grita el coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!

Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.

 

-No me haga caso -dice, se sienta-. Estoy borracho.

Y largamente llueve en su memoria.

Me paro, le toco el hombro.

-¿Eh? -dice- ¿Eh? -dice.

 

Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.

-¿La sacaron del país?

-Sí.

-¿La sacó usted?

-Sí.

-¿Cuántas personas saben?

-DOS.

-¿El Viejo sabe?

Se ríe.

-Cree que sabe.

-¿Dónde?

 

No contesta.

 

-Hay que escribirlo, publicarlo.

-Sí. Algún día.

Parece cansado, remoto.

-¡Ahora! -me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!

La lengua se le pega al paladar, a los dientes.

 

-Cuando llegue el momento… usted será el primero…

-No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.

Se ríe.

-¿Dónde, coronel, dónde?

Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.

Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.

 

-Es mía -dice simplemente-. Esa mujer es mía.

 

 

-o-o-o-o-o-

 

 

Releyendo MI MENSAJE de Eva Perón (fragmentos)

por Jorge Torres Roggero

 

Sin título, Por Ricardo Carpani

 

Mientras leo y releo, oh doliente muchacha, tu mensaje

y  resuella mi aliento deletreando tu dura profecía

flamean en mi alma las banderas de octubre,

retumba el corazón, bombo profundo,

sube el clamor de tantos compañeros caídos.

 

Desde las hondas vísceras del gran cuerpo del pueblo,

vuelvo a escuchar tu voz que oía desde niño

anunciando un gran tiempo, un alba inexorable.

 

DOS

Niños Peronistas Combatiendo el Capital, por Daniel Santoro

Hay que redundar, carajo.

El primer enemigo se llama imperialismo.

Desde cuevas blindadas, sus garras usureras

obligan a los pueblos a bajar la cabeza

(en tu nombre sagrado, oh democracia)

y a aceptar su rapiña para no ser tildados

de eje del mal, de centro de barbarie.

 

Pero, todos sabemos,

ningún pueblo es pequeño cuando se ha decidido

a ser justo, a ser libre y soberano

 

Siempre se puede,

(qué importa el sacrificio)

con armas o sin armas, de frente o por la espalda,

con luz de mediodía o entre nocturnas sombras,

con un gesto de rabia o con una sonrisa,

con llanto o con canciones o con los mismos medios

que el imperio utiliza para domar

el lomo molido de los pueblos en lucha.

 

CINCO

Mastico letra a letra tu mensaje, oh gloriosa,

saboreo su amargo dulzor, oh muchacha de octubre,

(¡oh esperanza oh vigía eterna de la revolución!),

y siento resonar por páramos y selvas

cascos de redomones que vienen del pasado.

 

Dicen algunos, otros los han visto,

que cruzan como rayo entre el cielo y la tierra.

 

Alzando polvaredas luminosas ya asoman resoplando

el blanco de Bolívar que es inmortal y vive,

el moro de Facundo que adivina los sucesos futuros,

el oscuro de Rosas sorteando vizcacheras,

el bayo del Gran Jefe, muerto y resucitado en San Lorenzo,

y, buscando a Belgrano, anda un rosillo errante

mientras vuelve sonriendo el Coronel del Pueblo

montado en su picazo.  A horcajadas del Ande,

sobre el lomo furioso de volcanes dormidos,

resuena la voz de Evo, de nombre misterioso,

que anuncia el Alba de Oro, el prometido Pachacuti,

el nuevo sol de América profunda.

 

SEIS

 

Eso dicen, y algunos aseguran, que desde   

el sur del sur, desde el eterno

silencio en que los hielos se juntan con el cielo,

ya galopa entre bardas, médanos y caldenes,

la Gran Yegua Madrina de los pueblos.

 

La monta una muchacha militante y su coraje

es una rosa roja en la alborada.

 

Desde su oscuro infierno,

(fortín de aves inmundas, de buitres carroñeros,

lugar donde fornican mercaderes del odio),

los demonios soltaron al dragón escarlata de diez cuernos

y la muchacha clama con dolores de parto.

 

Alza la Cruz del Sur como arma y estandarte,

atraviesa  desiertos, avanza entre escorpiones.

 

Madre coraje de un numeroso pueblo nuevo,

levanta entre sus brazos

a la nación naciente que soñaron

los padres en el alba de las generaciones.

 

Nos harán guerra sucia, dice la militante desplegada,

pero nosotros guardamos la semilla que humilla al poderoso

(Juan José, Néstor, Hugo, los treinta mil con Eva a la cabeza)

y  enterraremos su germen vivo para siempre

en la Plaza en que todos nos volvemos iguales.

 

Y así será por siglos y por siglos para

la salvación de nuestros pueblos

 

 

“La muerte de Evita” (de Plegarias)

por Susana Villalba

 

Llovió como si nunca fuera a terminar. Y nunca terminó. Toda la tarde llovió como si fuera de pronto otro lugar. El pueblo seguía la táctica del agua una vez más. Una vez más la gente se parecía al cielo y el cielo nunca. Nunca estuvo más lejos que esa noche. Madre de dios, nuestra difunta, levante los jirones de nuestro corazón. Al agua del sueño, jirones de alma, de nuestro cuerpo llevanos vos que no tenemos dónde llevarte. Tu cuerpo se esfuma como una voz. Como la seda cruje un paso en la sombra, un eco de jinetes negros. Escóndanos en los pliegues de su muerte, de su pollera, en el vacío Pampa guarde nos como un viento que se detuvo para siempre en su bolsillo. Descanse, que el mundo no existe más. Sigue lloviendo y es la misma plaza, el subte con asientos de madera, mamá no podía llegar, corría, no me encuentra, yo no la encuentro, como un perro que no alcanza su cola, no alcanza su tiempo. No había nacido yo pero ella estaba ahí, bombardeaban la plaza, esta misma, damos vueltas, mamá corría a una playa de estacionamiento y perdía un hijo, no era yo, yo no la encontraba, todavía no la encuentro, ella no me reconoce porque todos corren, la empujan, sube a un tranvía hacia cualquier parte, dice que es mentira, algo estalla bajo la lluvia. No escuche abanderada, venga a nos, a llevarnos a su país en blanco y negro. Mamá da vueltas, doy vueltas, vamos al cine, ella se viste como Zully Moreno, la ciudad está sembrada de nomeolvides. No nos olvide ilustre enferma, somos un cuerpo que se corrompe bajo la lluvia, vidrio, un día embalsamado. Miramos fotos. Papá no aparece. No está. Un auto zumba en la noche. Llovió durante quince días. Estoy acá, no me ves pero estoy, corriendo en la misma plaza. Camino por las mismas veredas, como vos del trabajo voy a casa y en casa también llueve, todo huele a humedad, a asfixia. La niebla está adentro, en todo el barrio, se ven pocos negocios abiertos, poca gente en la calle. Cae la noche como si fuera consecuencia de la lluvia, como si fuera la lluvia lo único que queda. La gente forma fila durante días para irse con ella, adonde sea, adonde vaya. No desate los nudos santa que ya no va a parar. No para nunca esta caída. Mamá escucha radio. Papá no escucha. Yo todavía no existo. Somos los Perez García. En el patio llueve. El reloj se detuvo. No los encuentro, son de otro mundo. Hay una marcha de antorchas, de lágrimas, de lluvia, estampitas, carteles, está en todas partes. Está en la radio pero no se la ve. Santa de los anillos, virgen de las capelinas haga su magia, háganos aparecer. Que aparezca la casa, los azahares, luciérnagas, el tren. Diga una sola palabra que detenga la lluvia. Mamá con un vestido de flores, una plaza, un sol con pinturita naranja. No es que creíamos, estábamos ahí. Damos vueltas en la bruma, en la tregua de una fina llovizna. Incluso la tristeza que aparezca si es común, como cualquiera que está triste una tarde. Y otra no. Que aparezca la muerte si parece de una vida, si toca. Lo que sea en proporción al tamaño de un hombre, del árbol, de una casa. A no ser que sea lo humano nada más que una estrategia de dios para la tierra perdida de su mano y atada a su correa, una doctrina de la espera de algo más que agua que cae, que da vueltas y vueltas sobre sí, como los perros, los relojes, las monedas. Mamá escucha la lotería, papá mira la lluvia, miraba. Yo miro fotos, todos hablan, nadie dice nada. Mi hermana escucha música, mamá la busca en un tren, corre, siempre está corriendo. Yo no puedo nacer todavía porque bombardean la plaza, después porque ella corre por unos vagones. Al final nacía. Después todos mirábamos televisión. Dicen cuando no llueve que aparece en su mulánima, a las orillas de los ríos, arrastrando una estola embarrada, que por la noche frotan lavanderas fantasmas, dejan sus tules al rocío. Que cabalga cabizbaja como buscando un prendedor, que también buscan los peces en las piedras del fondo, dicen que el caracol de agua dulce reproduce aquel clamor.Reina de la plaza, de los vestidos, protectora de todo lo que se escucha pero no se ve, venga a nos el tu reino. Bien mirada es una plaza de colonia, la fuente, el cabildo, la catedral, la estatua, la municipalidad, el Banco, la palmera, los puestos de chori, de llaveros, medallitas, las palomas, la gente que da vueltas. El otoño se instala como bruma, como un remanente cuando aclara, eterno día después. Recogen los papeles de una fiesta de domingo, los vasos descartables, las botellas. No nos dejes caer de la tentación, del deseo, del sol, madre de dios, decí que somos tambén una de las razones de la vida. Decí por nosotros con esa voz de altoparlante pueblerino y en la hora de la muerte con esa voz de ruido de lluvia de la radio. Mi hermano va a la canchita del Club de Cazadores. Lo espero en el olor a cuero y a penumbra del salón, a lavandina y a cenizas. Una foto detrás de los trofeos de billar, con una escarapela. La seño, la primera, llevan su camafeo apretado en el puño a ver si pasa. A ver si rasga la tela de los muertos y aparece en miríada. Miro cada relámpago a ver cuál es de fuego. Acaso exista el mal, rezó la multitud bajo una lluvia que apagaba las velas, un tumor inconmovible, inexorable como bruma que se expande, se instala entre los huesos, en la sangre. Virgen salitrera, guardiana de los perros y los barcos hundidos por su peso, cayeron todas las hojas del otoño, el invierno empieza porque te vas, la música fría del silencio. Silencio capitana, las palabras ya no quieren decir lo mismo.El guión terminaba. Después yo nacía. Mamá decía que era mentira. Papá compraba un auto. Mi hermana manejaba. Yo me escondía por ellos, en el patio, cuando no llovía me encerraba afuera. Después se fueron todos. No, me fui yo. Después estaba ahí. En alguna parte. Relampaguea sobre la autopista. Llovió durante todo el día y sigue lloviendo. Se perdió la cosecha. No hay otra cosa que perder. No hay otra cosa que hacer que no trabajar. No pasan trenes. Los bares cerraron temprano. Una hilera de luces se borronea hacia el final de la calle. Generala del viento, de nada, de las gomas que queman en la ruta, levante su ejército de trapos mojados y de agua, lleve la tempestad hasta el registro de su voz. La voz es lo primero que se olvida.

 

-o-o-o-o-o-

 

De Siempreviva

por María Cristina Santiago

 

4

Este es un cajón

donde cabe de todo.

Cuatrocientos kilos de piedras

le pusieron

para que no se moviera.

Veinte millones de cuerpos

hay adentro.

Veinte

y sus almitas

viajan a la intemperie.

A los tumbos

los barquitos pintados

llevándose a la muerta

como si el barco

ondeara

un carrito de cartones.

 

 

7

Era una sola     

sombra larga y eran

doscientas las coronas,

aunque ahora que lo pienso

tal vez más de doscientas.

Tenían naranjas y en las manos

jarras de mate cocicdo.

Eran sombras de pelo desgreñado

el murmullo y los pañuelos

rezaban como si nunca

hubieran visto la noche

que se volvía mortal

a las veinte y veinticinco.

Esa noche

noche larga.

 

 

10

Ahora sólo soy espíritu

por fin pude arrojarme

al aire liberada

y soy también magnífica

energía que se desprende

del cadáver que besan

con unción, tocarlo quieren

y otros despedazarlo

para imprimir en cada miembro

las letras

 

de la palabra patria.

 

 

-o-o-o-o-o-

 

De tranvía 4

por gerardo burton

“El Pueblo te Abraza”, por María de los Ángeles Crovetto

los descamisados

lloraron

a la santa

 

días de lluvia

enteros, dolor

en brazaletes

de luto

obligatorio

negros manchones

en las banderas

 

vestidos, un palacio

y los tíos

la malquerían, nadie

pensaba qué, esperaba

qué

entre tanto

horror

 

eva murió

esa mujer

si viviera

querían

montonera, queríamos

por las calles

en fábricas, talleres

gritos de

revolución

estampidos, breves

peleas trágicas

 

las torturas

fueron el cáncer

más letales

después la

eclipsaron

el dolor reciente

la herida

 

jirones de ella

y sus muertos

joyas y pobres

para no dejar ningún ladrillo

que no sea

 

y el país dijo no

había guaridas asquerosas

de oligarcas

contreras

y llovía, la mama

grande

era un cadáver, y se la

llevaron

a milán

 

maría maggi de magistris

volvió, la trajeron

cuando el brujo

duro, duro, era

el silencio

el dolor

duro, amenazante

hincado en la

carne joven, en la triste

memoria

en el pecho

siempre

con ellos, los

grasitas y ella

de pie

como varón, decían

los gorilas

de pie, hasta

en la muerte

 

 

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