A 11 años del NO al ALCA

Entre el 4 y 5 de noviembre de 2005 se llevó a cabo en la ciudad de Mar Del Plata la IV Cumbre de las Américas. En la misma, los Estados Unidos buscaban extender el NAFTA (Tratado de Libre Comercio de América del Norte por sus siglas en inglés) a todo el Continente, a excepción de Cuba, que por entonces y desde 1962 fue expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Históricamente, el primer intento por parte de los Estados Unidos de implementar un Área de Libre Comercio entre los países americanos tuvo lugar entre 1889 y 1890. En esa ocasión, Argentina bajo la presidencia de Miguel Juárez Celman y su representante en la Conferencia Panamericana, Roque Sáenz Peña, se opuso a dicho plan argumentando que “tratar de asegurar el comercio libre entre mercados carentes de intercambio sería un lujo utópico y un ejemplo de esterilidad” y de paso resguardaba los lazos comerciales que unían fuertemente a nuestro país con la potencia en retirada, Inglaterra.

En ese 2005 los países que se posicionaban a favor del ALCA lo hacían en nombre del desarrollo, de la competitividad, la hipotética desaparición de los monopolios, junto a premisas como la mejora de la infraestructura y a un bienestar para las poblaciones de los países de la región. Es decir una lógica de carácter estrictamente neoliberal.

Entre desacuerdos palpables, la Cumbre terminó con una declaración que marcaba la división entre dos bloques claramente definidos. Uno comandado por Estados Unidos que se mostraba a favor de la reapertura del ALCA, y otro liderado por los países del Mercosur y sobre todo Venezuela quienes ponían como principal punto de cuestionamiento las asimetrías entra las economías y las consecuencias negativas que estas diferencias producirían en los países menos desarrollados.

“Estoy un poco sorprendido. Acá pasó algo que no tenía previsto”. Esas fueron las palabras que le dijo George W. Bush a Néstor Kirchner cuando finalizó la Cumbre. Es que sí, lo que había sucedido era que Estados Unidos no pudo imponer su voluntad, ni siquiera logró una mención sobre la reapertura del ALCA en el documento final. La respuesta a este quiebre es simple y fue que nuevos tiempos corrían en el continente, con gobiernos progresistas, populares o como quieran llamarlos.

Mientras movimientos sociales paralelamente realizaban la “III Cumbre de los Pueblos”, Venezuela presentaba su propia contrapropuesta con el ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), y México, al igual que Panamá, estaban a favor de la propuesta liberal, Argentina y Brasil si bien no se oponían al tratado, demandaban que este sea verdaderamente libre y que contemple las demandas de todos los socios. Además, estos países cuestionaban la política de propiedad intelectual y patentes que impedía la investigación científica en América Latina generando más desigualdad y dependencia económica-tecnológica de los Estados del Norte.

Ahora bien, queda preguntarse con los cambios neoliberales de la región en la actualidad si es que se puede hablar de un “proyecto muerto” o del “enterramiento del ALCA”, como se hablaba hace no tan poco tiempo atrás.

Estas son cuestiones que habrá que tener en cuenta a la hora de analizar los desarrollos actuales en América Latina. Con gobiernos cada vez más lejos de sus pueblos pero más cerca de sus verdugos.

 

Por Valentín Steimbreger

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